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No sólo es sinónimo de amistad y cortesía, es una tradicional y popular bebida de origen sudamericano, que los españoles y muy especialmente los sacerdotes de las Misiones Jesuíticas, incorporaron de la cultura guaraní a la suya. A tal punto de ser en esos remotos tiempos, exportadores de la yerba mate a Europa.
Hoy, difundida en casi todo el mundo, esta infusión que se obtiene de una planta cuyas hojas se trituran y secan, impone una verdadera ceremonia para ser degustada con el sabor justo. Temperatura adecuada del agua, recipiente y bombilla y por sobre todas las cosas, la figura del cebador, que oficia de anfitrión del grato momento.
No cualquiera comparte un mate a pesar de que a todos le es ofrecido amablemente.
Compañero inseparable tanto del hombre de campo como de ciudad, el mate es testigo silencioso de reuniones en el Congreso de la Nación hasta la matera más humilde de la pampa.
Fue para los primeros gauchos, en tiempos de la Colonia, silencioso compañero de soledades. Siendo muy escasa y cara el azúcar, lo cebó amargo y por eso se lo llama cimarrón.
Los reseros, que realizaban días de marcha de a caballo, llevaban en su recado, una pavita de lata, con la que calentaban el agua.
Un buche de ñandú o un taipichi (bolsa que surge del cuero de un nonato y que conserva la forma del animal no nacido, generalmente un ternerito) era el envase para la yerba.
Los primeros recipientes eran de boca ancha, llamados bernegales, especie de vaso que traía el español desde el Continente, se le acoplaba una bombilla sencilla, simple caña de campo.
Los mates hechos de calabaza, se retobaban en buche de pavo o gallina para que fueran más resistentes a los golpes. Son fruto de una enredadera también americana, evolucionaron desde el famoso mate galleta hasta los fantásticos hechos en plata y oro por los orfebres italianos y españoles del Perú y Buenos Aires, que las familias tradicionales del Virreinato utilizaban por las tardes en la ceremonia familiar de compartir los mates.
Posteriormente, llegaron para las mujeres de la casa, los conocidos mates de porcelana alemana, muchos con figuras de angelitos. Los hay además, de enlozado, de madera, de asta, de hueso.
La gente del litoral bebe además el famoso tereré, que es el mate frío.
Sea cual fuere el motivo, el gaucho del pasado y el hombre de campo actual, se apea de la cosechadora o del tractor y a la sombra reparadora de una planta toma su mate. Mientras en su casa, su familia degusta un mate cocido en jarro con esa galleta inconfundible que en nuestra niñez nos convidaba el abuelo.
Por Ricardo Nardelli
Asoc. Arg. Terrier de Campo
terrierdecampo@yahoo.com.ar |
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