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Los valores en nuestro país están siendo alterados día a día. Decíamos días pasados a través de un comunicado desde nuestra confederación que:
- No es honesto que el gobierno mienta.
- No es legítimo que el gobierno se apropie de las reservas del país.
No es ético que el gobierno engañe a los legisladores.
- No es republicano que el gobierno eluda el accionar del Congreso.
- No es legal que el gobierno desobedezca a la Justicia e intimide a los jueces.
- No es democrático que el gobierno desatienda lo que el pueblo votó.
- No es dialogar el imponer decisiones, comunicar que dará soluciones únicamente si son las propias y sorprender con hechos consumados.
- No es política nacional sacar ventajas para sí, propender sólo al propio acopio de poder y no atender más que el presente.
El gobierno nacional hace todo lo que no se debe hacer
Y es por eso, que entendemos que ha perdido legitimidad y no merece otro respeto de la ciudadanía que no sea el que deriva de cumplir con la ley y esperar el final de su mandato en paz, pero sin resignar el derecho y el compromiso de opinar, criticar y proponer. Lo titulábamos “Todo lo que no es y no debe ser”.
Y lo comento porque está en línea con un documento que presentamos en el 2008 sobre el “El campo y la república hacia el Bicentenario”, donde marcábamos las alteraciones en los valores y las pérdidas de principios y convicciones de aquellos que tiene que señalar el camino a transitar por la ciudadanía en su conjunto. Porque la destrucción de las instituciones es la triste realidad del presente, y la calidad de vida de los argentinos está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo mal funcionamiento produce un alto costo social. Y eso lo estamos viviendo. La Justicia ha perdido prestigio, calidad intelectual, eficacia. Se la manosea, se echan y ponen jueces a través de un Consejo de la Magistratura desnaturalizado, manipulado por políticos afines al Gobierno, y en soledad, la Corte Suprema trata de mantener su independencia. El Congreso Nacional, está en plena etapa de reconstrucción de sus funciones originales, ya que ha vuelto a recuperar su independencia, constituyéndose nuevamente en el órgano republicano por excelencia, .dejando de obedecer en forma automática las instrucciones o deseos del Ejecutivo. Le falta recuperar el federalismo, pues los Diputados siguen a su jefe político y los Senadores, que han desvirtuado su esencia, no responden al interés de sus Provincias sino que se han convertido en una segunda cámara sin una auténtica representación provincial.
En tan destructivo proceso, el Gobierno ha dejado de ser el coordinador de los intereses sociales, el prestador de los servicios esenciales y el escenario para proponer (no imponer) políticas estables. Se declama con un discurso que confunde intencional y falsamente, la redistribución del ingreso, con el desaliento a quienes producen; manteniendo en cautiverio a quienes no tienen nada y sometiendo a las Provincias a la obsecuencia y el atraso. La sociedad, frente a tal abandono de la autoridad moral por parte del Gobierno y la desarticulación sistemática de las instituciones, le ha perdido el respeto a la ley, a los derechos y garantías constitucionales, al orden social, teniendo como primer ejemplo de tal violación a los propios gobernantes y funcionarios. El trabajo y el esfuerzo han dejado de ser un valor, sustituyéndose la dedicación, capacitación y constancia, por la mera búsqueda de resultados inmediatos.
El atropello sustituyó al respeto por los demás, y a la auténtica solidaridad, que no consiste en ayudar ante una catástrofe o desgracia, sino en colaborar cada ciudadano, cada día, con sus actos y conducta individual, a que aquellas situaciones no se produzcan. La soberbia, casi indefectiblemente acompañada de mediocridad, se ha impuesto como la actitud de todo aquel que tiene o cree tener algo de poder. La democracia para ser estable necesita del funcionamiento pleno de sus instituciones con una economía sana y con una justa distribución de los bienes. La educación, la producción y el desarrollo local son eslabones estratégicos de una cadena que promueve la cultura de la laboriosidad, de la que el campo siempre ha dado destacado ejemplo. Vivimos un proceso de tal gravedad, que de continuar, puede seguir empeorando en ininterrumpida decadencia, o terminar otra vez en una crisis caótica.
Sólo un retorno a nuestras bases culturales, aquellas que hicieron que nuestra Patria se constituyera, consolidara y desarrollara; sin que se trate de un trasnochado regreso a tiempos idos, sino de una recuperación de los fundamentos éticos y legítimas aspiraciones, puede revertir nuestra actual caída libre.
Para ello, la ciudadanía debe regenerar por si misma el tejido social, sus vínculos genuinos, sus alianzas legítimas, su protagonismo en todos los niveles mas allá del individualismo y de la actividad particular. Los productores agropecuarios somos ciudadanos responsables que construimos la Nación en nuestras comunidades, porque además de exigir nuestros derechos, cumplimos nuestros deberes. El compromiso comunitario, social, político, tendrá que convertirse en parte vital de la formación y el accionar de todos.
LA REPUBLICA asentada en un verdadero federalismo con plena independencia de sus poderes y con la fortaleza que el funcionamiento pleno de sus instituciones puede dar, está por nacer.
Todos debemos ser participes de esta armado de una nueva Argentina y los productores tenemos el deber moral y cívico de participar y comprometernos. Fortalecer nuestras Asociaciones Rurales, participar en la cosa pública local, e influir para que las decisiones provinciales y nacionales no afecten el bienestar de nuestras comunidades y de los argentinos en general.
La Argentina todavía está por armar.
Por Pedro Apaolaza
Presidente de
CARBAP |
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